Nota de tapaSalud

La epidemia que vino de Oriente

La pandemia del coronavirus está cambiando las costumbres y los usos sociales, tal como ocurrió en otras experiencias tiempo atrás. Por ejemplo, durante las transformaciones que se produjeron en dos famosas epidemias: la peste negra en Europa y la fiebre amarilla en Buenos Aires.

Autor: RSalud 1 abril, 2020

El mundo recibió con sorpresa, en un principio sin preocupación, la noticia de que a fines del año pasado se había detectado una misteriosa enfermedad en China. Pero a los pocos días, y dada la vertiginosa expansión del virus, empezó a cundir una alarma generalizada. Se identificó al mal como un nuevo tipo de coronavirus, surgido en un mercado de mariscos en Wuhan, la capital de la provincia central de Hubei en China. Hoy el coronavirus está en todos los medios de comunicación del mundo. Su virulencia ha llevado al Director General de la Organización Mundial de la Salud (OMS), doctor Tedros Adhanom Ghebreyesus, a declarar al brote como una pandemia mundial. “Se espera que una mayor exportación internacional de casos pueda aparecer en cualquier país.

La situación llevó a la OMS a declarar al brote como una pandemia mundial

Por lo tanto, todos los países deben estar preparados para la contención, incluida la vigilancia activa, la detección temprana, el aislamiento y el manejo de casos, el rastreo de contactos y la prevención de la propagación de la infección bautizada COVID-19, y compartir datos completos con la OMS”, señaló Tedros. Y así ocurrió, nos enfrentamos a un flagelo que cambiará mucho –no sabemos cómo y con qué alcances– el mundo tal cual hemos conocido.
Quizá la historia nos otorgue algunas pistas. ¿Cómo cambió la sociedad luego de que enfermedades y pestes atacaran en forma sorpresiva?


Los virus viven hasta nueve días

Investigadores alemanes estudiaron cuánto tiempo permanece el virus en una superficie. Para ello, recopilaron datos del brote del síndrome respiratorio agudo y grave (SARS) y el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS). Presentaron un trabajo publicado en la revista Journal of Hospital Infection, y ofrecen una serie de recomendaciones que pueden ser extrapolables al nuevo coronavirus (2019-nCoV). Lo cierto es que los estudios mostraron que los virus pueden persistir en las superficies y permanecer infecciosos a temperatura ambiente hasta nueve días. En promedio, explican los investigaroes, sobreviven entre cuatro y cinco días. “La baja temperatura y la alta humedad del aire aumentan aún más su vida útil”, explicó el profesor alemán Günter Kampf, del Instituto de Higiene y Medicina Ambiental del Hospital Universitario de Greifswald, según difundió la agencia de noticias DPA. La buena noticia es que el virus se puede inactivar eficientemente. Las pruebas con varias soluciones de desinfección mostraron que los agentes basados en etanol, peróxido de hidrógeno o hipoclorito de sodio son eficaces contra estos coronavirus. Por eso, no solo se contagia cuando las personas infectadas tosen al aire gotitas que lo contienen o se lo transmiten a quienes se encuentran cerca, sino también cuando esas personas tocan objetos y dejan el virus impregnado.


La peste negra

Esta epidemia tuvo también un origen oriental. Aunque no hubo ninguna noticia sobre ella hasta que apareció en 1346 en un pueblo a orillas del Mar Negro. Al año siguiente afectó en Caffa a una factoría genovesa, en las cercanías de Constantinopla. A principios de 1347 esta factoría genovesa fue asediada por un grupo de mercenarios donde sobresalían los kipchak de Hungría y guerreros mongoleses. La peste comenzó a infectar a los asediadores, y al jefe de los kipchak no se le ocurrió mejor idea que sepultar los cadáveres dentro de la ciudad. Los genovesas no estaban inmunizados y comenzaron a producirse muertes en forma súbita. Y decidieron huir, no tanto por temor a los bandidos, sino porque esta variante de la infección era mucho más letal. Como ocurrió curiosamente con el coronavirus, el punto de detonación en Europa fue Italia. El virus fue trasladado desde doce galeras genovesas que, huyendo del Mar Negro, se dirigieron a su ciudad de origen. Tuvieron una escala en Mesina y desde allí se propagó por toda la isla de Sicilia.

La peste negra también tuvo un origen oriental y causó estragos en Italia

A partir de entonces, la epidemia se desató. Antes de dos meses, liquidó a la mitad de población de Messina y subió hacia el centro y el norte de Italia. Las prósperas ciudades del norte de la península empezaron a sufrir las trágicas consecuencias. Para comienzos de 1348 los fallecimientos en Venecia, Florencia, Milan y Génova crecían en forma exponencial. Como una ola imparable, siguió escalando. Para el verano europeo de 1348, la mayoría de los puertos del Mediterráneo fueron atacados por la enfermedad. España y Francia fueron los primeros países que conocieron la plaga, un año más tarde fueron alcanzadas las ciudades de Austria, Alemania, los países bajos e Inglaterra. En 1350, al llegar a Rusia y los países nórdicos, toda Europa había caído bajo las garras de la peste negra. Para tener una idea de lo que ocurría, vale la pena citar algunos relatos de época. De acuerdo con un libro de cuentas que llevaba el vicario de la parroquia de Givry, en Borgoña, la peste causó la muerte de más de un tercio de la población –que podría estimarse en unos 20.000– sólo entre julio y noviembre de 1348. En Reims la proporción fue de un muerto cada tres habitantes.

Jean de Venette narraba “la mortandad fue tan grande en el hospital para indigentes de París que, durante mucho tiempo, llevaban diariamente en carros más de 500 muertos para enterrarlos en el cementerio de los Santos Inocentes”. El reino de Navarra, que para 1330 tenía alrededor de 80.000 habitantes, hacia 1350 rondaba en los 30.000, según algunos historiadores. Hay muchas versiones sobre qué porcentaje de la población europea murió en esos años y en las varias recurrencias que sucedieron en las décadas posteriores. Pero se coincide en que al menos murió un tercio del total o quizá la mitad. A grandes trazos, se estima que fallecieron entre 30 a 50 millones de europeos.

Qué pasó después

Sin dudas fue una de las peores catástrofes de la historia. Petrarca dijo que las generaciones posteriores jamás creerían lo que ocurrió. Bocaccio escribió su famoso Decamerón, donde relataba las peripecias de un grupo de jóvenes que escapando de la peste se habían aislado en una finca en las afueras de Florencia. Pero lo realmente importante es que Petrarca y Bocaccio introdujeron a los griegos. Hasta entonces no existía ninguna versión en latín de la Ilíada y la Odisea, que si bien se consideraban las más grandes obras clásicas, no se habían divulgado. Bocaccio aprendió un poco de griego gracias a la colaboración de un personaje del que sólo nos ha llegado su nombre: Leonzio Pilato, el primer profesor de griego en una universidad de Occidente. Cuando Petrarca, gracias a Bocaccio y Pilato pudo acceder a las obras griegas, se deslumbró. Y ese año -1361- fue el comienzo del estudio de la lengua, la ciencia y la civilización griegas en Europa. Un ciclo que duraría tres siglos y fue el comienzo temprano de lo que luego se llamaría Renacimiento. Murieron millones de personas, pero se mantuvieron las propiedades. Como una especie de solución Malthusiana, los sobrevivientes accedieron a un riqueza inesperada. Se vivió una de las épocas de mayor consumo y prosperidad de la historia. Claro que todo ello acompañado por un deterioro de las costumbres y las conductas sociales. Si la muerte te acecha todo se vuelve muy relativo. “Cuando terminó la peste, los pocos hombres que quedaron, enriquecidos de bienes materiales gracias a las herencias y las sucesiones, olvidando los hechos pasados como que nunca se hubieran producido, comenzaron a llevar una vida escandalosa y desordenada.

Se estima que fallecieron entre 30 a 50 millones de europeos por la peste negra

Se entregaron a la pereza y la disolución, pecaron por glotonería, disfrutando de banquetes, las tabernas y las delicias de una alimentación delicada, y también de los juegos, dejándose llevar sin freno a la depravación, buscando maneras extrañas y desacostumbradas en el corte de la ropa. Y la gente modesta, hombres y mujeres, por la excesiva abundancia de las cosas, no querían ejercer los oficios habituales: exigían la comida más cara y más fina para su mesa cotidiana, y se permitía que los criados y las mujeres de baja condición se casaran engalanadas con las bellas y ricas vestimentas de las demás nobles difuntas. Y sin ninguna discreción, casi toda nuestra ciudad se entregó a una vida deshonesta, y en forma parecida o peor actuaron las demás ciudades y países del mundo”, refería con pesar el cronista florentino Matteo Villani.

Lée la nota completa haciendo click acá

Suscribite al Newsletter de Rsalud para recibir todas las novedades